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quarta-feira, 8 de maio de 2013

"Bajo la estación de subterráneos" por Nedda Gomzález Núnéz

"Bajo la estación de subterráneos" por Nedda Gomzález Núnéz

En la estación de subterráneos se respiraba impaciencia. Laura miró su reloj: si lograba transbordar antes de diez minutos, tendría tiempo de tomar un café con Joaquín, antes de entrar a clases. El tren llegó chirriando. Se mezcló con los pasajeros; entró en el último vagón y se sentó. Las puertas se cerraron, las luces parpadearon un par de veces y languidecieron, dejando el vagón en una semipenumbra. Laura maldijo para sus adentros ya que no podría echar un último vistazo a sus apuntes. Miró a su alrededor, y se encontró con la mirada descarada de un hombre joven y delgado, de cabello oscuro. Estaba parado cerca de una de las puertas, y algo en él la hizo sentir incómoda. No era la primera vez que lo veía, pero nunca le había prestado atención. En la rápida mirada que le dedicó, le pareció que su ropa era bastante anticuada. Notó su extrema palidez, y que los ojos, demasiado brillantes, estaban rodeados por profundas ojeras. Pero se distrajo, y el curso de sus pensamientos tomó otra dirección. Las estaciones se sucedieron con rapidez, hasta que llegó el momento de hacer la combinación con la otra línea. Bajó, rezagándose un poco para no amontonarse con el resto de la gente. Dos cosas ocurrieron simultáneamente: un chico le arrebató el bolso y se volvió corriendo por el andén, y el hombre del tren se acercó a ella tomándola por un brazo. –– Vamos a buscarlo ––dijo. No puede estar lejos. Laura lo encaró: –– ¡Suélteme! ––le dijo. ––Sólo quiero ayudarla ––respondió él. La miró fijamente, sin hacerle el más mínimo caso. De pronto se sintió mareada y cambió de parecer. Pensó en sus pertenencias. No llevaba mucho dinero, pero sí los documentos, llaves, y las cartas de Joaquín. Mientras, el ladronzuelo se coló por una puerta estrecha y despintada que se abría justo donde terminaba la pared del andén. De un tirón Laura se soltó del brazo que la retenía, y en un gesto de audacia poco común en ella, comenzó a correr detrás del chico sin pensarlo dos veces. Entró en un pasillo largo y mal iluminado que parecía descender suavemente. Contra las paredes cubiertas de grafiti, se apilaban flojamente rollos de cable y alambre. El aire era frío, y estaba enrarecido. Sólo se escuchaba el sonido de pasos: delante, el golpeteo de los pies del chico, sus propios pasos rápidos y firmes y, por último, otros pasos más lentos y sigilosos que cerraban la marcha. El pasillo desembocó en un amplio salón de techo abovedado con varias columnas manchadas de humedad, y Laura titubeó. Al detenerse escuchó su propia respiración agitada, y un goteo monótono que caía en algún rincón. Una rata asustada emitió un chillido agudo, y escapó hacia la oscuridad La sala terminaba en una pared gris, en la que se veía una única abertura, alta y estrecha. Del ladronzuelo, ni rastros. De pronto, una mano fría se posó en su hombro, arrancándole un grito ¡Era el hombre del tren! Quedaron frente a frente. Él la miraba intensamente con sus ojos demasiado brillantes y ella sintió miedo; un miedo que no le permitía moverse. Cada vez sentía su aliento más cerca, hasta que con verdadero espanto vio relucir unos finos colmillos que se acercaban a su cuello. Apenas la rozaron, un hilo de sangre manchó el blanco impecable de su blusa. Se estremeció. Él se apartó mirándola con sorna, y la dejó ir. Con un esfuerzo sobrehumano, Laura corrió hacia la abertura del fondo; era su única alternativa. Se encontró en el rellano de una escalera oscura que descendía... quien sabe hasta dónde. Pero lo único que le quedaba por hacer, era seguir adelante. Perdió la noción del tiempo; ya no sabía cuanto hacía que bajaba y bajaba, hasta que su corazón comenzó a latir furiosamente ¡Escuchó voces! ¡Más abajo se escuchaban voces! Apuró el paso. La escalera se abrió a otra amplia sala ruinosa en la que todavía se notaban los vestigios de un lujo decadente. Allí, vestidos con ropas raídas de distintas épocas, había hombres, mujeres y niños que pálidos y envilecidos, deambulaban por los pasillos polvorientos, y parecían esperarla ––No la toquen, es para él ––repetían con voz monótona una y otra vez, dejándola correr sin sentido ni dirección entre las puertas rotas y las cortinas de terciopelo rasgadas. Y es que había llegado a lo más profundo bajo la estación de subterráneos, refugio y cárcel a la vez, de las almas perdidas que beben sangre para aplacar su sed eterna. Desde el principio todo había sido una trampa, un juego cruel. Y ahora llegaba Él. Él, que convertía a sus víctimas en amantes suicidas, o en hijos de su negro corazón, despojándolos de toda humanidad. Laura lo entendió todo en su último instante de lucidez. Porque ya se acercaba a ella sonriente, tendiendo las manos pálidas. Supo que había perdido la partida porque estaba deseando que la alcanzara...

Autora:  Nedda Gomzález Núnéz


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